La Fundación Cultural Pascual es el corazón de la cooperativa.
Obra de portada: Susana Campos
Sin saber lo que significaría en el futuro, el movimiento de los trabajadores de Pascual incorporó al arte y la cultura dentro de su ideario obrero, en la búsqueda de construir un proyecto cooperativo; sin buscar que a la postre se convirtiera en un acervo inesperado, con un propósito único y genuino proveniente de la clase trabajadora, llevar al pueblo el arte y la cultura.
Al día de hoy, la cooperativa Pascual posee un acervo de unas 3, 100 piezas plásticas, entre las que se encuentran formatos como el mural, la escultura, fotografía, grabados y entre las que sobresale la pintura. El acervo contiene una gran cantidad de obras de artistas de diferentes corrientes y generaciones, entre los que destacan Leonora Carrington, Alfredo Zalce, José Chávez Morado, Adolfo Mexiac, Francisco Toledo, Rina Lazo, Jesús Amaya, Fanny Rabel, Mario Orozco Rivera, José Chávez Morado, Carla Rippey, Rufino Tamayo, Mariana Yampolsky y José Luis Cuevas, por mencionar algunos.
Una fundación como ninguna otra
La Fundación Cultural Pascual es el corazón de la cooperativa, que gestiona y amplía el acervo desde hace 34 años. Pero entre sus objetivos principales está el de llevar el arte y expresiones artísticas a escuelas, museos de todas dimensiones, casas de cultura, de lugares marginados de la cultura a lo largo de México.
“Uno de los aspectos que a mí en lo particular me ha llamado la atención, que no sé si existe en otras fundaciones culturales o de arte así, porque tiene como un ADN, de llevar a las comunidades, a los pueblos, a las escuelas lejanas exposiciones y colecciones, es una cosa que no he visto”, explica la artista Susana Campos, perteneciente al Salón de la Plástica Mexicana.
Subastar la esperanza
En 1985, cuando el ADN obrero fue trastocado por la cultura y el arte. Aunque estaba formada ya la Cooperativa de Trabajadores de Pascual, que intentaría ser gestionada por sus trabajadores, estos no tenían los recursos económicos para iniciar la producción. Ingrid Koester, una activista boliviana que era parte del sindicato de la UNAM (STUNAM), fue quien ideó pedir ayuda a los artistas. El objetivo era recabar obras plásticas, subastarlas y recabar dinero para echar a andar la producción de refrescos. De esa manera se recurrió a artistas del Taller de Gráfica Popular y del Salón de la Plástica Mexicana.
La maestra Susana Campos recuerda que ese entonces el Salón de la Plástica Mexicana tenía una galería en donde hacían sus reuniones. “No recuerdo quién, pero llevó a alguien de la cooperativa solicitando ayuda, había pintores, escultores, grabadores, y nuestra ayuda consistió en regalarles alguna obra para una subasta, y se quedó en eso, en esa forma de ayudarlos”, señala.
No es un secreto que la idea de la subasta fue un fracaso, pues se realizaron en su lugar dos exposiciones, pero ese fracaso se tornó en una virtud cultural con el transcurrir de los años. Con las más de 534 obras donadas por los artistas, la cooperativa inició un proyecto cultural inusitado en México, creó la Fundación Cultural Trabajadores de Pascual y del Arte.

Un acervo
Fue el 19 de octubre de 1991 cuando se crea la Fundación Cultural Pascual, la primera exposición se realizó en el área de exportaciones de la cooperativa, lugar de sus oficinas actuales. Con una selección de 100 obras del acervo, en mayo de 1992 los trabajadores montaron una galería denominada “Memorias de Utopía 1982-1992” que dio comienzo a la actividad cultural en forma, y también dio nombre a su actual galería.
“El de Pascual es un acervo importante, como por ejemplo, el del Instituto Politécnico o el de otras universidades que también tienen el suyo, y Pascual viene a equipararse a esas colecciones, a esos acervos relevantes, porque los artistas de los que tiene obra tienen gran trayectoria”, explica el artista Joel Islas.
Joel Islas es el autor de “Proceso Pascual”, un mural viajero compuesto de seis bastidores, y que plasma la historia de la lucha, la vida de la cooperativa y resalta personajes importantes como Álvaro y Jacobo, trabajadores caídos en la lucha; también personajes como Demetrio Vallejo e Ingrid Koester. Ubicado en las oficinas de la dirección de la cooperativa, el mural se inunda de luz natural que cae de un domo.
Refiriéndose a la Fundación Cultural Pascual, Islas señala que el medio del arte tiende a ser elitista, pero “en el caso de la fundación, su relación con los artistas ha sido más social, tanto así que hay una ayuda entusiasta de los artistas donando la obra, a partir de ahí es como se formó la fundación, con un carácter de fenómeno artístico”.

Los genes culturales
En plenos 40 años de la cooperativa, la trayectoria de su proyecto cultural es basto y lleno de periodos variopintos. Por muchos años realizaron diferentes tipos de actividades como talleres culturales, de 1993 a 1998 publicaron su revista Hojas de Utopía. En 1996 promovió la publicación del diario “El Agua Cero” que tuvo 16 números bajo el cobijo de Pascual.
También la cultura sonó en la radio con los programas Tercer Turno (1992-1994) y Tiempo de Utopía (1995-1998) en colaboración Radio Educación. Con su área de imprenta han publicado una innumerable cantidad de carteles, postales, revista, libros, catálogos de artes, siempre para apoyar a los artistas y movimientos sociales.
La Fundación Pascual también mantiene el archivo de Demetrio Vallejo, donado por su familia para su custodia y resguardo, en el que destacan documentos y memorias del movimiento ferrocarrilero. A lo interno anualmente celebran y fomentan la creatividad artística con sus concursos anuales Pelona de mis amores y Pintando y pintarrajeando, este último para la niñez de los trabajadores y cooperativistas.
En su aniversario 34 de la fundación cultural, la cooperativa Pascual conserva su ADN cultural, fruto de la génesis de una lucha coloreada de solidaridad.