Recuperaron la fábrica y ahora cosechan los frutos laborales.
Rubén Darío Andrade tenía 21 años cuando entró a trabajar como suplente de agente de ventas a la empresa Refrescos Pascual, el 27 de noviembre de 1978. Gumersindo Hernández tenía 17 años cuando ingresó de obrero general en 1980. José Luis Ávila llegó también a los 17 años, pero en 1981, estuvo un mes como obrero y luego como contador de productos.
Ellos son parte de aquella generación que curtió su piel obrera en medio de un conflicto laboral y una huelga que inició en 1982, recuperó su fuente de trabajo en 1985 y, con intensas jornadas logró consolidar la cooperativa Pascual, la fábrica de todos, la que produce el Boing, Lulú y el Pato Pascual, pero que también ha producido frutos laborales que no se miran en cualquier empleo.
Jóvenes obreros
Los tres pascuales coinciden al afirmar que en tiempos de Rafael Jiménez, el antiguo dueño de Refrescos Pascual, la actividad era febril, “había que estar muy movidos todo el tiempo”, pero tenían las condiciones básicas, como uniformes, botas de seguridad, casilleros para ropa, comedor y horarios fijos. Sin embargo, había una distinción entre vendedores, obreros y trabajadores administrativos.
A los vendedores, “Jiménez nos decía que éramos la caballería”, recuerda Rubén Darío. Eran los que traían el dinero a la empresa. Si el obrero ganaba 2 mil 500 a la semana, el vendedor ganaba 5 mil.
Cuando los camiones de venta llegaban “era una verbena, nos apuraban, nos exigían, el trato no era el mejor, tenías que apurarte a descargar porque se acumulaban las tarimas” y se hacía un tapón de botella, dice Gumersindo.
Jiménez se hizo padrino de casi todos los trabajadores, de bodas o de cualquier cosa. Era la vieja práctica caciquil de ejercer control a partir de favores, sin embargo, había una distinción en la relación con los administrativos, quienes eran los de su verdadera confianza.
En 1982, cuando inició la lucha por el incremento salarial, los bandos entre trabajadores tomaron partido, los vendedores y los obreros se hermanaron; en cambio, solo algunos administrativos no se fueron con Jiménez.
¿De qué vive un huelguista?
El 18 de mayo de 1982, José Luis trabajaba en Planta Norte. “Cuando se dio el movimiento de huelga, yo estaba en el segundo turno, me llegó la noticia de que los compañeros no salieron a trabajar y que estábamos en una suspensión de labores, de brazos caídos”.
“Estuvimos ahí haciendo las guardias, posteriormente nos organizaron los asesores (del equipo de Demetrio Vallejo y el PMT), decían que teníamos que estar en guardia desde la mañana hasta la noche”, dice José Luis, quien apenas llevaba cinco meses de contador de producción. Un grupo de 200 trabajadores hicieron guardia en horarios repartidos “para tener una mejor resistencia”, añade.
Para Gumersindo, quien llevaba un extenuante año de montacarguista el paro de labores fue como un descanso. “No sabíamos la magnitud de lo que se estaba solicitando ni el tiempo que iba a durar”. Coincide que el papel fundamental fue de los asesores por la información que daban sobre derechos laborales. Al incremento salarial que estaba obligado el patrón del 30, 20 y 10%, se le sumaba que nunca se habían repartido utilidades, y cuando se llegaron a repartir eran casi nulas, “eso nos convenció de que había más explotación que beneficios”.
En esos años los trabajadores refresqueros mejor pagados eran los de Sidral Mundet, porque aparte de sus salarios había el 8% del reparto de utilidades. El tema de fondo, afirma Rubén Darío, “es que el sindicato no actuaba como tal, no le exigía al patrón, era un sindicato blanco”.
Durante la huelga hubo jornadas de boteo, al principio la gente no quería apoyar, pero cuando el 31 de mayo de 1982 ocurrió el golpe al movimiento y el asesinato de dos compañeros, José Concepción Jacobo y Álvaro García, se unificó la lucha.
Los que no estaban convencidos se convencieron y la solidaridad en las calles creció. Fue también el momento en que surgió el Comité de Mujeres de Pascual, quienes tuvieron una parte activa para que sus familiares obreros mantuvieran la huelga.

De huelguista a cooperativista
Novecientos días después, la huelga concluyó con el remate de los bienes de la empresa en favor de los trabajadores. “Nos adjudicaron todo dentro de la fábrica, además las marcas, los camiones, que muchos ya no servían, la maquinaria que mucha ya estaba obsoleta y todo, pero no teníamos el capital para arrancar los trabajos o para arrancar los camiones”, recuerda Gumersindo.
“Y cuando regresamos a trabajar, ya éramos cooperativistas, pero no sabíamos qué era un cooperativista. La adjudicación se convirtió en el inicio, en el capital de la cooperativa”, dice el ex montacarguista y originario de Oaxaca.
En ese momento hubo tres acciones de solidaridad colectiva que marcaron el inicio: la donación de artistas plásticos impulsada por Ingrid Koester, para hacer una subasta que finalmente no se concretó (pero de la que nació la Fundación Cultural Pascual); la donación de un día de salario de los afiliados del sindicato de trabajadores de la UNAM, con lo que se repararon los camiones; y el propio trabajo de los nuevos cooperativistas, pues una comisión emprendió los primeros viajes a Aguascalientes donde aún se maquilaba el Boing, para iniciar las ventas.
“Comenzaron un grupo de compañeros donde estaban Arturo Alcalá, Juan Rentería, Juan Funes, Tomás Ramírez, José Luis Orozco, quienes fueron los iniciadores con los camioncitos torton que cargaban entre 10 y 15 toneladas. Y sin paga, no había paga, nada más lo de la comida y listo, porque no había más”, recuerda Rubén Darío.
Este grupo de cooperativistas trabajó en estas condiciones alrededor de dos meses, “nos daban tortas para irnos a la carretera”, recuerda Gumersindo.
Además, los cooperativistas encontraron un inventario de producto en una bodega, que luego de hacerle pruebas biológicas, salió al mercado. Con las ventas del producto que llegaba de Aguascalientes y del inventario hallado, la cooperativa comenzó a capitalizarse y empezó a pagar pequeños sueldos.
“Ahí ya se nos empezó a pagar. Eran 200 pesos a todo el mundo. Era parejito. Cuando traían el producto, pues ya la empresa empezó a salir con las rutas, éramos 17 rutas”, prosigue Rubén Darío.
No había muchos puestos de trabajo, así que fueron ingresando poco a poco con el nivel de obrero general. Aquellos que durante la etapa empresarial eran los consentidos, “la caballería”, tuvieron que reducir sus ingresos.
Un año tardó la cooperativa en reiniciar su propia producción y dos años más en consolidar las ventas y ver las mejoras laborales. Se marcaron el objetivo de fortalecer a la cooperativa, por ello, las utilidades y la mayor parte de los recursos se usaban para “invertir, invertir, invertir”.
Los frutos laborales
Para Gumersindo, son incontables los logros laborales. El primero es un sueldo seguro, porque “a partir de que comenzaron a pagarnos no ha habido una quincena en que no me depositen mi salario y eso ya es una bendición”.
Otro logro es la educación, pues “si en la cooperativa tú te quieres estancar, te estancas, porque tienes alternativas de prepararte, de estudiar, hoy apoyan hasta con doctorados”. Gumersindo plantea que se puede hacer carrera profesional y cooperativista. Se pueden escalar los puestos y llegar a cargos de dirección.
Para José Luis los principales frutos son: un fondo de ahorro, donde la cooperativa aporta una cantidad similar a la que ahorra el socio, los vales de despensa y una utilidad generosa.
Se cuenta también con un fondo para vivienda, seguridad social, pero además una cobertura de gastos médicos mayores y una jubilación digna.
Rubén Darío le añade que el trabajo es seguro, es decir, no se puede despedir a un socio de manera unilateral, hay estatutos que se deben cuidar y una asamblea general donde se toman esas decisiones.
Y finalmente, destaca, está la oportunidad del ingreso de las nuevas generaciones, la denominada sangre nueva, “termina el periodo laboral de nosotros y la ventaja de muchos ha sido que han dejado hijos como socios”.
Para ello, se apuntan en una lista de espera, se les hace una evaluación de ingreso y cuando se les acepta, ingresan como ayudantes o como obreros, pero con la posibilidad de subir. En ellos “recae la responsabilidad de cuidar esta casa que les dejamos”.